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Hoy conversamos con Lucía Rodríguez Ruiz, una mujer que ha transformado una experiencia de enfermedad y crisis vital en un camino de salud, presencia y servicio. Su propuesta de cocina consciente nace de la experiencia vivida y de un profundo proceso de transformación personal y espiritual.
Hace diez años, el diagnóstico de una enfermedad autoinmune marcó un antes y un después en su vida, que la obligó a parar y a escucharse. Fue entonces cuando la alimentación dejó de ser algo cotidiano para convertirse en su medicina… y, casi sin darse cuenta, también en su pasión.
Lo que empezó como una necesidad se transformó en vocación. No hay nada que le guste más que meterse en la cocina y experimentar. Disfruta entre fogones y compartiendo una mesa, vive la cocina como un acto de presencia consciente, conectada al origen de los alimentos y a la energía con la que se elaboran.
Creadora de @luciando_por_la_vida, entiende el cuerpo como un vehículo para experimentar la vida, un cuerpo que nos habla constantemente si sabemos escucharlo.
Lucía es una de las colaboradoras habituales de Finca El Alma del Búho, donde nos invita a redescubrir la relación con los alimentos, con nuestro cuerpo y con la Tierra. Durante 2026 liderará el espacio de alimentación en varios encuentros y el próximo 8 de noviembre de 2026 ofrecerá un taller de cocina consciente, compartiendo herramientas prácticas para nutrirnos desde una mirada integral.
Lucía, muchas personas llegan a la alimentación consciente buscando bienestar. En tu caso fue un camino de transformación mucho más profundo.
¿Qué ocurrió en tu vida para que comenzara este viaje?
Hace diez años la vida me obligó a parar. Me diagnosticaron una enfermedad autoinmune, y por primera vez tuve que dejar de hacer y empezar a escuchar.
La medicina convencional fue esencial para mi recuperación y siempre estaré agradecida por ello. Pero también sentí que yo quería formar parte activa de ese proceso. No quería limitarme a esperar que mi cuerpo mejorara; quería entender qué me estaba diciendo.
Durante los meses empecé a leer, investigar y descubrir la relación entre las enfermedades autoinmunes, la inflamación, el intestino, las emociones y el estilo de vida. Poco a poco comprendí que el cuerpo no se equivoca. Siempre intenta comunicarse con nosotros.
Aquella enfermedad cambió mi forma de alimentarme, pero sobre todo cambió mi forma de vivir.
En mi caso la enfermedad no fue el problema, fue la puerta o el medio que me permitió pararme y empezar a vivir la vida de otra forma. La alimentación fue una herramienta, pero el verdadero cambio fue aprender a escucharme.
¿Qué enfermedad o crisis fue el detonante y qué comprendiste sobre ti durante ese proceso?
El diagnóstico fue un hipertiroidismo auto-inmune por Graves-Basedow muy severo.
En aquel momento fue muy duro porque sentía que mi cuerpo había dejado de responder como siempre. Pero con el tiempo entendí que no era mi enemigo, sino mi mayor aliado.
Comprendí que llevaba muchos años viviendo hacia fuera y muy poco hacia dentro. Que sabía cuidar de otras personas, pero no siempre sabía cuidarme a mí.
La enfermedad me enseñó que la salud no consiste solo en que desaparezcan los síntomas. La salud también es aprender a escucharte, respetar tus ritmos y tratarte con amor.
Hoy puedo decir que, aunque nunca habría elegido vivir ese proceso, estoy profundamente agradecida porque transformó mi manera de entender la vida.
¿Hubo algún momento concreto en el que sentiste que ya no se trataba únicamente de cambiar la alimentación, sino de cambiar la forma de vivir?
Sí. Al principio pensaba que todo dependía de encontrar los alimentos adecuados. Pero pronto entendí que podía comer muy saludable y seguir viviendo con estrés, sin descanso o desconectada de mí.
Fue entonces cuando comprendí que alimentarse va mucho más allá del plato.
También es dormir, respirar, descansar, poner límites, gestionar las emociones, aprender a parar y rodearte de personas que te hacen bien.
La alimentación fue la puerta de entrada, pero el verdadero viaje fue aprender a vivir de una manera más coherente conmigo.
Hablas de cocina consciente. ¿Qué significa realmente este concepto para ti?
Para mí cocinar conscientemente significa estar presente.
Estar presente cuando imagino un menú, cuando voy a comprar, cuando elijo unos alimentos y no otros, cuando corto una verdura, remuevo una olla o pruebo un guiso. Cada gesto importa porque cada gesto lleva una intención.
Cuando cocino para un retiro siento que la cocina empieza mucho antes de encender el fuego. Empieza días antes, cuando pienso en las personas que van a sentarse a esa mesa, aunque todavía no las conozca. Me gusta imaginar cómo puedo cuidarlas a través de la comida, qué sabores pueden sostenerlas, qué platos pueden acompañar el momento vital que vienen a vivir.
Creo que los alimentos ya llegan con una energía maravillosa, la energía de la tierra que los ha hecho crecer, y siento una enorme responsabilidad y gratitud por tratarlos con respeto. Cocinar, para mí, es una forma de agradecer todo eso que recibimos.
Y hay algo que todavía hoy me sigue emocionando. A veces termino un plato, lo miro y me pregunto: «¿De verdad he hecho yo esto?». Es una sensación difícil de explicar. Como si, cuando una se entrega por completo al momento, sin querer demostrar nada, la cocina dejara de ser solo un hacer y se convirtiera en un espacio donde algo más te acompaña. Yo lo llamo presencia.
Por eso digo que cocinar es mucho más que preparar comida. Es crear, nutrir, cuidar y acompañar. Es una forma de decir "te veo" y "quiero que te sientas en casa" sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
¿Qué diferencia existe entre comer sano y alimentarse conscientemente?
Comer sano puede significar elegir alimentos de calidad. Alimentarse conscientemente es algo mucho más amplio. Es preguntarte si realmente tienes hambre, escuchar cómo te sienta un alimento, disfrutarlo sin culpa y entender que cada cuerpo necesita cosas distintas.
No creo tanto en las dietas universales como en aprender a escuchar el propio cuerpo.
Porque el cuerpo siempre habla. Solo necesitamos volver a escucharlo.
Desde mi punto de visto y mi experiencia, influye. La comida está profundamente unida a nuestras emociones. A veces comemos para tapar el miedo, la ansiedad, el vacío o la tristeza. Otras veces nos relacionamos con la alimentación desde la rigidez y el control.
Por eso creo que antes de preguntarnos qué estamos comiendo deberíamos preguntarnos desde dónde estamos comiendo.
¿Crees que una cocina preparada con presencia tiene una energía diferente?
Sí. No sé medirlo científicamente, pero sí puedo sentirlo.
Los alimentos ya contienen la energía de la tierra y nosotros añadimos la nuestra mientras cocinamos. Creo que una cocina preparada desde la calma, el cariño y la presencia transmite algo que va mucho más allá del sabor.
Quizá por eso cocinar para otras personas me emociona tanto.
¿Qué papel juega la gratitud y la intención cuando elaboramos un plato?
La gratitud cambia completamente la forma de cocinar.
Cuando recuerdo todo lo que ha ocurrido para que ese alimento llegue hasta mi cocina (la tierra, la lluvia, quienes lo cultivan, quienes lo transportan) siento un profundo respeto.
Y cuando cocinas para otras personas, agradecer la confianza y el cuidar cada detalle es para mí una forma de cuidar y acompañar los procesos de las personas. Y esto es algo que no solo hago en los retiros, cualquier persona que viene a mi casa a comer, cualquier preparación que me encargan para llevar, … en todo ello, está mi intención de que también esas preparaciones se impregnen de esa energía que para mi es clave en mi día a día.
Y cocinar desde ahí transforma completamente la experiencia
Tu recorrido no ha sido solamente nutricional, sino también espiritual. ¿Cómo se han ido uniendo ambos caminos?
En realidad, nunca sentí que hubiera un camino por un lado y otro camino por otro. Con el tiempo me he dado cuenta de que todo forma parte de lo mismo.
Mi formación como ingeniera química y en ciencias ambientales me dio una mirada científica para comprender cómo funciona el cuerpo, los alimentos y la bioquímica que hay detrás de muchos procesos. Después llegaron la Gestalt, las Constelaciones Familiares y, sobre todo, mucho trabajo personal. Cada experiencia me fue mostrando que no somos solo un cuerpo físico, sino un todo donde cuerpo, mente, emociones e historia personal están profundamente conectados.
No siento que una parte tenga más valor que otra. La ciencia me ayuda a entender; la experiencia vivida me ayuda a sentir; y el trabajo personal me ha enseñado a mirar con más humildad, con más respeto y con menos necesidad de tener respuestas para todo.
Hoy todo eso está integrado en mi manera de vivir y, por supuesto, también en mi manera de cocinar. Cuando preparo una comida no pienso solo en los nutrientes que contiene, sino también en el espacio que estoy sosteniendo, en las personas que la van a compartir y en cómo puedo acompañarlas desde un lugar de presencia y cuidado.
No cocino desde una teoría ni desde una técnica. Cocino desde todo lo que la vida me ha ido enseñando. Y sigo aprendiendo cada día, porque cuanto más camino recorro, más consciente soy de todo lo que aún me queda por descubrir.
¿Qué prácticas sostienen hoy tu equilibrio interior?
Me sostiene escuchar mi cuerpo y tratarlo con cariño. Alimentarme con alimentos que sé que me hacen bien, moverme, practicar deporte y yoga, cocinar, caminar por la naturaleza, respirar, agradecer y recordar que no necesito poder con todo.
Pero también me sostiene seguir haciendo mi propio trabajo personal y espiritual. La vida continúa trayéndome situaciones que me desafían, que me conmueven y que, muchas veces, no son fáciles. Ya no las vivo como algo que hay que evitar, sino que las voy transitando como puedo y así conocerme un poco más.
Creo que nunca dejamos de aprender. Cada etapa nos invita a mirar algo diferente de nosotros mismos, y eso también forma parte del camino.
Hoy intento vivir esos momentos con más confianza que hace unos años. La confianza de saber que, aunque no siempre entienda lo que está pasando, la vida termina mostrándome qué había para mí en esa experiencia. Mientras tanto, sigo caminando cuidándome y recordando que el equilibrio no es un lugar al que se llega, sino una práctica que se cultiva cada día.
¿Quiénes han sido tus grandes maestros?
La enfermedad fue una gran maestra porque me obligó a parar, a escucharme y a mirar hacia dentro. También lo es mi propio cuerpo, que sigue hablándome cada día y mostrándome cuándo estoy en coherencia conmigo y cuándo necesito volver a cuidarme.
Mi familia de origen ocupa un lugar esencial en este camino, porque es ahí donde comienza todo. Es nuestro primer espacio de pertenencia, donde aprendemos a vincularnos, a amar, a protegernos y también a sobrevivir. Mirar mi historia familiar me ha ayudado a comprender muchas partes de mí con más compasión y menos juicio.
También mi familia actual. Es en los vínculos más cercanos, en la convivencia y en lo cotidiano donde aparecen con más claridad nuestras luces, nuestras heridas y todo aquello que todavía necesita ser mirado. Para mí, la familia es uno de los lugares más profundos de aprendizaje.
También, las personas con las que me he formado, las que me han acompañado en mis procesos y aquellas a las que yo he tenido la oportunidad de acompañar.
Las personas que llegan a los retiros también me enseñan. Cada una trae su historia, su sensibilidad y su manera de estar en el mundo. Aunque yo cocine para acompañarlas, muchas veces son ellas quienes me recuerdan el sentido de lo que hago.
Y sé que seguirán apareciendo nuevos maestros. Personas, experiencias y situaciones que quizá al principio no entienda, pero que vendrán a mostrarme algo. Intento recibirlas con humildad y con la confianza de que la vida continúa enseñándome mientras yo siga dispuesta a mirar.
Lucía, gracias por compartir tu camino. Tu historia nos recuerda que la salud no empieza únicamente en el plato, sino en la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con la naturaleza y con cada gesto cotidiano. La cocina puede convertirse en un espacio de presencia, cuidado y transformación, y ese es precisamente el regalo que compartes con quienes se acercan a tu trabajo.
El próximo 8 de noviembre de 2026, en Finca El Alma del Búho, tendremos la oportunidad de vivir esa experiencia en primera persona a través de su taller de cocina consciente, además de contar con ella como una de las facilitadoras del espacio de alimentación durante los encuentros de 2026.